21 de septiembre

Cultura

Rosario vuelve a convertirse en capital latinoamericana del séptimo arte

De cara a la apertura de la 26º edición, los programadores repasan, a partir del material recogido, las trayectorias temáticas y estéticas de la cinematografía en el continente.

El año 1993 puede resultar memorable para la historia del cine por varios motivos. Ese año vieron la luz algunos títulos que pronto se convertirían en clásicos. Pero ese año también ocurrió un hito en la ciudad de Rosario, uno que tendría réplicas primero sobre la cultura local y luego sobre la cinematografía latinoamericana: el nacimiento del Festival Latinoamericano de Video Rosario. Su carácter de clásico, como corresponde, llegaría un poco más tarde.

El primer efecto, el coletazo automático y necesario, fue la creación de la Videoteca Municipal, que además se volvió archivo de todo el material recogido por el Festival. En 2001, ante la necesidad de un espacio específico de gestión, se creó el Centro Audiovisual Rosario (CAR), desde entonces el ente público encargado de llevar adelante los festivales audiovisuales en la ciudad. Diez años después de los hitos fundacionales, Luciano Redigonda y Gustavo Escalante se sumaron al equipo de trabajo. Y desde 2008, son los encargados de programar el Festival de Video (ahora Festival de Cine) y otros eventos afines.

Programar un festival de cine es una tarea ardua, precisa y criteriosa. Implica, en este caso, elegir qué material fuera de competencia se acerca al público, qué largometrajes actuales son relevantes para el recorte que hace el FLCR. Pero también demanda hacer la selección de cortometrajes para las tres categorías de competencia: oficial, rosarina y escuelas de cine. 

El número de aspirantes va en ascenso año a año, rompiendo su propio récord: para la 26º edición, que se llevará adelante del 6 al 15 de septiembre en seis sedes, se recibieron más de 800 cortometrajes, de los cuales se eligieron 60 en los géneros documental, ficción, experimental y animación. Los seleccionados quedarán a consideración de 26 jurados entre la Competencia Oficial y los premios especiales.

“Hay que tener en cuenta la especificidad de cada festival. Acá hay dos delimitaciones muy importantes. Por un lado, que sea cinematografía latinoamericana. Siempre se apostó a la difusión de esta cinematografía que es muy cercana en lo geográfico pero muy lejana en las pantallas de exhibición o acceso a ese material, al contrario de otra cinematografía que es más lejana en lo geográfico pero que nos rodea todos los días en todas las pantallas”, explicó Redigonda.

“Por otro lado, en el caso de la competencia oficial, se trata de cortometrajes. Entonces sumamos la cinematografía latinoamericana que no es la imperante en el cine de difusión masiva al cortometraje que es un formato que no es tan masivo como el largo. Es una combinación que no es de lo más visto en la vida diaria”, sumó.

Incluso dentro de ese recorte, la diversidad es casi incontenible. Y a la hora de moldear un criterio para seleccionar, los programadores demuestran ante todo respeto y cariño por el arte cinematográfico que tienen a su disposición.

“Este festival nunca ha tenido la inquietud de entronizar alguna estética particular, que en muchos casos está basada en el gusto personal de los programadores. Nosotros, al contrario, pensamos primero en el espectador. Sería más fácil hacerlo por género o teniendo en cuenta por qué otros festivales pasó, claro, pero nosotros no estamos de acuerdo. Nuestra preocupación es celebrar el cine y llevárselo al espectador en su máxima expresión”, formuló Escalante.

La primera consideración, según cuentan, “siempre es la calidad de realización en tanto puesta en escena, cuál es la mirada del director, dónde pone la cámara, qué quiere contar. Esto no tiene que ver con el modo de producción o contar con cierta cantidad de dinero. Hay cortometrajes maravillosos hecho con material de archivo y trabajo de edición, y hay otros con millones encima que no sostienen una narrativa”.

“Le damos mucha importancia a la honestidad en realización. Creemos que esa búsqueda por honestidad artística e ideológica se trasunta en la competencia. El festival no es ni para nosotros ni para un ghetto, es para todo el público”, sumó Gustavo.

Los programadores también se ocupan de que la diversidad esté presente en cada función. De manera que cualquier día, el espectador pueda ver sí o sí un documental, una animación, un experimental, una ficción, de varios países y varias temáticas. “Queremos que cada función sea un recorte del festival. Además es una forma de acercar obras o géneros que el público mismo reconoce que no hubiera visto de otra manera”, indicó Luciano.

El avance tecnológico democratizó el acceso a los recursos técnicos básicos para hacer cine. La cámara de video, el video como formato, hizo lo propio en los noventa, y un nuevo salto volvió a darse con la proliferación de lo digital. Esto influenció los criterios de valoración y selección del material. “En otro momento, que un cortometraje estuviera bien filmado, que se viera y se escuchara bien, ya era un punto a favor. Hoy eso se da por hecho porque con las herramientas actuales todos tienen eso asegurado, y eso deja de ser una consideración a la hora de elegir un trabajo. Hay otro piso”, señaló.

En los más de diez años al frente de la programación, la dupla repasa algunos momentos clave para lo que caracterizan como “un salto cualitativo, formal, estético”. Por un lado, la decisión de hacer una selección en la competencias rosarina y de escuelas de cine. “Antes se pasaba todo y eran funciones maratónicas que el público no las agradecia y el jurado tampoco. Sobre todo los realizadores no le daban tanta importancia a la competencia al saber que entraban todas. Ahora se da de otra manera y son funciones mejor armadas. Cuando hablamos de ponernos en el lugar del público, no sólo hablamos de las temáticas o el género del material sino también a cómo está armada la exhibición”, explicó Luciano.

Otro paso hacia el salto fue el cambio de nombre. El histórico Festival Latinoamericano de Video Rosario hizo una modificación clave: trocar la palabra Video por Cine. “El nombre se había vuelto confuso y generaba ruido y distancia con los espectadores. No comprendían si era sobre videoclips, sobre youtubers. Cuando se cambió, vimos el resultado en el público, que se acercó porque comprende desde el vamos lo que va a ver: cine. Para nosotros siempre fue, es y será eso”, repasó Escalante.

Así como el Festival fue mutando, acomodándose a las transformaciones tecnológicas, simbólicas y de exhibición, también fueron mutando las producciones que allí se alojan. O quizás se fueron modificando entre sí, en una simbiosis difícil de delimitar. Según analizan los programadores en retrospectiva, esos cambios fueron por una parte temáticos, dando cuenta en cada época de las realidades sociales que daban forma a los rincones del continente, y también técnicos y estéticos.

En este sentido, que el festival sea vidriera de la producción de América Latina es algo muy provechoso. “Desde el momento que ubicó y se perfiló el festival geográficamente al cine latinoamericano, ya se tomó una decisión muy sabia y que hay que celebrar. La cantidad de voces, de actores sociales que se expresan a través de los cortos es de la más variada índole. Eso es de una riqueza y fortaleza tremenda”, anticipó Escalante antes de profundizar el análisis.

Según reconstruyeron, la variación epocal de las temáticas se ve más claramente en el documental. “Actualmente hay un gran interés en abordar problemáticas de género y de temática trans, que antes no pasaba. También hay muchos documentales personales que retoman historias de familia, íntimas. Se abordan conflictos sociales a gran escala, pero como el formato es cortometraje, generalmente es a través de una historia de vida y no de un desarrollo temático complejo”, analizó Redigonda.

En los comienzos del Festival, en la década del 90, “estaba muy presente todavía la cuestión del terrorismo de estado como pasado reciente. A principio de los 2000, los documentales eran muy coyunturales, muy ligados a la inmediatez, la necesidad generada por la crisis social y política”.

“Ante la escasez de medios para divulgar estas cuestiones, estos documentos audiovisuales eran una novedad de mucho valor testimonial. Tampoco había redes sociales, entonces casi la única herramienta de denuncia era el cine. Después cuando hubo otros recursos, otros medios, los abordajes empezaron a ser más específicos y más sofisticados. Salió del modelo de denuncia y el documental como género dio un salto estético”, evaluó Escalante.

En las ficciones, por otra parte, “está pasando mucho que hay una vuelta a la estética de los noventa, como antes pasaba con los ochenta”. En la animación, el cambio se dio en los abordajes temáticos sino en los estéticos y técnicos. “Se fue ampliando cada vez más el abanico del género. Hay cortometrajes hechos con arena, otros hechos con recortes, otros en stop motion, dibujados a mano, dibujados en 3D. Eso impacta. Hemos visto hasta uno hecho con pinturas cuadro por cuadro, 5000 pinturas hechas en cinco años de realización. Eso en los 90 era mucho más acotado, había sólo ilustración convencional en 2D”, recuperó Redigonda.

Finalmente, aunque en realidad pivotean sobre el tema durante toda la charla, los programadores insisten en la importancia de la decisión política para el sostenimiento de un Festival con las características expuestas.

“En el 2015 había más de 100 festivales en el país y hoy quedan menos de 30. Así que sostener este tipo de festivales con este tipo de cinematografia, que va a tener múltiples connotaciones políticas y sociales, es un esfuerzo. Las problemáticas y realidades sociales que vive este continente aparecen reconfiguradas a través de todo tipo relatos. En este sentido es todavía más destacable la decisión política de sostener este festival”, concluyó Luciano.

“Siempre exaltamos que esto es resultado de un esfuerzo, es una política pública. Tenemos un festival producido por el municipio y una sala maravillosa provincial", cerró Gustavo.

La función de apertura del Festival de Cine Latinoamericano Rosario será el viernes 6 a las 19 en el sum de la Biblioteca Argentina (4to piso). Allí, se proyectará el documental Soy lo que quise ser, homenaje al gran José Martínez Suárez, maestro del cine y hombre de festivales. La programación completa puede consultarse en festivalcinerosario.gob.ar.